Aquella noche, el tifón número 2 cambió repentinamente su rumbo y, cobrando una fuerza inusitada, se dirigió hacia la ciudad de Hiroshima.
En las afueras, ajenos a todo peligro, hombres de piel sudorosa y bronceada por el sol, venidos de los más recónditos lugares, se disponían a tomar unas merecidas cervezas al final de la jornada de trabajo, sin imaginar siquiera que un peligro mayor que el tifón se cernía sobre ellos.
Un año y medio antes del tifón número 2, la falta de mano de obra para la construcción de las instalaciones y servicios para las olimpiadas asiáticas, complementada con la complicidad de ciertos personajes, habían creado en Hiroshima un paraíso para los trabajadores ilegales extranjeros.
La noticia corrió como un rayo, atrayendo a los más fornidos trabajadores. Hombres capaces de cargar un piano sin ayuda y hacer el amor con tres mujeres la misma noche. Ellos construyeron esta ciudad.
También este tren, donde ahora estoy viajando a cumplir con mi misión, corre sobre los rieles que ellos construyeron. El viaje hasta Hiroshima es largo y los recuerdos de aquella noche me atormentan…
El tifón fue tan fuerte que la policía dio la orden de cerrar la estación por seguridad. Que puedo decir, estuve en el momento y en el lugar equivocados y aquel perro que no tenía porqué estar allí comenzó a olfatear mi cuerpo y a ladrar. Fue así como ellos descubrieron mis secretos negocios. Esa misma noche fui detenido y fue allí donde me enteré del operativo que la policía planeaba realizar al día siguiente, pero nunca pude salir libre. Pasé 7 años sin ver la luz del sol en un cuarto de 3 tatamis, odiándome por no haber podido alertar a mis amigos.
Pero ahora estoy libre y debo llegar a Hiroshima antes de las 6 de la mañana, para avisar a los sobrevivientes sobre el plan final de la policía. ¡Si tan sólo este maldito tren avanzara más rápido!
Aún lejos de mi, en un viejo apato al sur de Hiroshima, los únicos tres sobrevivientes del operativo policial posterior al tifón número 2 celebraban el fin del milenio. El tufo de la cerveza y el humo del tabaco parecían reconstruir la mañana del día siguiente al tifón número 2.…
El operativo fue violento. Los policías, vestidos de civil, se dividieron en dos grupos, uno se dirigió a la estación, donde se reunían los latinos antes de ir a trabajar, y el otro se apostó en la única vía posible de escape, al frente del correo. Un agente se acercó al negro Miguel, provocándolo. El negro, en legítima autodefenza empujó al policía. Entonces todo sucedió: los policías, al escuchar el grito clave “ittai”, se abalanzaron contra los latinos, los cuales corrieron en dirección del correo...
- Yo me equivoqué de camino - dijo el cholo Fidel - entré a una calle sin salida y en mi desesperación me metí debajo de un carro, pero vi como los atraparon con aquella red inmensa, como se fueran animales.
- Que mierda - dijo el tío Roberto, mientras se empujaba otro vaso de cerveza - esta gente no conoce la Historia, las más grandes potencias son tales gracias a los inmigrantes.
La voz del negro Juan interrumpió la cátedra de Roberto. - ya tío, no te pases pe, acá lo único cierto es que nadie reconoce nuestro trabajo, mientras fuimos útiles éramos los buenos, los mismos shachos nos invitaban a comer y con el dinero que ganábamos podíamos tener cualquier cantidad de mujeres, pero cuando terminaron las olimpiadas nos fuimos a la mierda. La plata mueve el mundo, sino acuérdate de la tía.
Las cervezas iban y venían, como la última vez que se emborracharon en el omise de la tía - mujeres, karaoke y todo eso - suspiraba el cholo Fidel - ah, es como si fuera ayer.
El ambiente del apato se tornaba enrarecido, las cosas perdían su volumen y estabilidad y las palabras y recuerdos, impulsadas por el alcohol, tomaban forma…
El indio Omar entró al omise y la tía lo quedó mirando con seriedad, pero su ánimo cambió cuando el indio, señalándole un fajo de billetes de 10000 yenes le dijo: daijoubu, kane ga aru kara.
Desde aquel día empezó la fiesta, la tía los esperaba todos las noches con la rica comida peruana que el indio le enseñó a preparar, con las chelas y las mujeres. Poco a poco, lo que fue un cuchitril olvidado fue cambiando gracias a los latinos - mejor dicho, a su dinero - , luces por aquí, posters de calatas por allá, nueva decoración, música y hasta pista de baile… esos eran buenos tiempos! - se lamentaba el negro Juan, mientras pasaba el vaso al tío Roberto - como te dije tío, el dinero lo hace todo.
El tío bebió un trago de cerveza, aspiró su cigarro y dijo: La tía no nos trataba bien por el billete, nos tenia cariño, sabía que uno viene acá a sacarse la mugre. Además estaba agradecida por lo de las olimpiadas.
- Claro - asintió el cholo Fidel - o ya no te acuerdas cuando dijo que si no fuera por nosotros no se habrían terminado a tiempo las obras de construcción para las olimpiadas asiáticas. Por eso te digo que nosotros construimos Hiroshima.
Si, pero ahora nadie nos recuerda - dijo el negro Juan - y si como dice Nostramus, mañana se acaba el mundo, que se acabe pues! Salud carajo!…
Cuando mi tren por fin llegó a la estación, percibí algo raro en el ambiente; mi reloj marcaba las cinco de la madrugada, pero el día era demasiado claro. Observé a mi alrededor; los relojes y los semáforos estaban parados. Entonces recordé la vaina de la falla del milenio y supe que ya no podía confiar en mi reloj. Empecé a correr con todas mis fuerzas, como nunca lo hice en 7 años. Mientras corría, miles de imágenes venían a mi mente: el viejo apato cerca de la iglesia, las botas con las que trabajábamos, los sobres del jornal diario, las borracheras y los sueños de mis amigos, la noche en que me separé de Miyuki, las palabras de la tía, el encuentro con el iraní y los negocios por los que estuve estos 7 años en la sombra
Cuando llegué ya era tarde. La policía, de acuerdo al plan final, había irrumpido a las 6 de la mañana todos los apatos y lugares de reunión de los ilegales. Cerca del viejo apato al sur de Hiroshima había una muchedumbre. Al acercarme vi a unos policías que trataban de levantar a tres borrachos que, tirados sobre la pista, nadaban sobre sus propios vómitos. Ellos gritaban algo en un idioma ya olvidado, incomprensible para la gran muchedumbre, pero que yo entendí perfectamente... Ellos gritaban: “nosotros construimos Hiroshima”
Luis Chiba*
* Sobre mi:
Soy Peruano descendiente de japoneses. En el año 2000 obtuve el 1º grado en el examen de suficiencia de Japonés (Nihongo Nouryoku shiken). Actualmente trabajo en una empresa multinacional japonesa. En 1999 gané el primer premio del concurso literario “A Orillas del Recuerdo”, organizado por el diario “International Press” por los 100 años de la inmigración Japonesa. En 2006 gané el tercer puesto en el Primer Concurso de Narración Montse Watkins, con mi cuento “El Ultimo Ramen”.
Uno de los temas que más me interesa es cómo contribuir a crear mejores condiciones para los extranjeros que viven en Japón, principalmente en cuanto a educación.

Algun dia valoraran los japoneses el aporte de los trabajadores sudamericanos? De veras, un cuento esclarecedor.