Parecía más bien una caja de zapatos, tenía cuatro patas pequeñas y al verla desde cierto ángulo parecía como flotar sobre la mesa, la parte frontal estaba cubierta por una especie de red y al mirarla por detrás se podía ver en su interior unos enormes tubos transparentes. Realmente nadie hubiera pensado que era una radio... a no ser porque tenía una delgada antena.
Fue aquella misma radio entorno a la cual se reunían todos los Japoneses del norte de Trujillo, la misma que fue testigo de secretas reuniones, mientras emitía las últimas noticias de la guerra.
Mi abuelo la había recibido en empeño cuando trabajaba en las obras de construcción de la carretera, por una de las amantes del ingeniero a cargo de las obras. Desde aquel entonces, fueron fieles compañeros.
Por aquel tiempo, mi abuelo había decidido independizarse y andaba buscando iniciar algún negocio en el pueblo. Un día la oportunidad llegó. Taira, un viejo compañero de la travesía Japón - Perú, le propuso un traspaso, él le daría su casa en Paiján si mi abuelo, a cambio, se comprometía a darle la casa que tenía en el puerto. Mi abuelo desconfió al principio, ¿por qué alguien querría cambiar una casa en el pueblo por una en el puerto, donde no había nada? El viejo Taira lo tranquilizó: No te preocupes, sólo te pido un favor: no digas a nadie donde estoy.
Mi abuelo confió en él, los casi tres meses de travesía en barco los había hecho hacerse muy amigos, juntos habían compartido muchas aventuras, y se habían ganado el apodo de “los mata-ratas”, por sus habilidades en la caza de estos roedores, que abundaban en el barco.
Cuando mi abuelo se mudó a Paijan, comprendió todo: Taira había escapado con la mujer del vecino.
Cuando el vecino le increpó, acusándolo de encubrir a su paisano, mi abuelo, fiel a su promesa, no lo delató, pero al día siguiente fue a hablar con Taira. Lo que sucedió después no es muy claro, pero parece que el vecino siguió a mi abuelo.
A los tres días Taira apareció, molido a palos, cerca de la pista. Fue entonces que decidió vengarse de mi abuelo.
Muchos años después de estos hechos, en base a no pocos esfuerzos, mi abuelo había establecido su propio negocio, tenia una joven esposa y tres hijos. Era un personaje conocido y respetado en el pueblo y un líder de la colonia Japonesa, en parte, gracias a aquella radio.
La radio fue el centro de noches de sake, de banzai, toda la vida de los Japoneses, giraba, sin duda, en torno a las noticias de la guerra.
En aquel entonces, el gobierno Peruano había ordenado vigilar celosamente los movimientos de los Japoneses. Uno de los medios era valerse de espías o soplones.
Mi abuelo había sido advertido varias veces por Sánchez, un sargento amigo, para que ya no organice reuniones en su casa, pero nunca le hizo caso.
Mi abuela nunca olvidaría la última noche que pasó con mi abuelo. Aquella noche, ninguno de los otros Japoneses se hizo presente en la reunión, pero mi abuelo atribuyó la ausencia general a la lluvia. A eso de las tres de la madrugada, una piedra envuelta en un papel rompió la luna de la ventana. Mi abuela desenvolvió el papel; tenia algo escrito en japonés.
Esa mañana, mi abuela despertó con los golpes que casi rompían la puerta de entrada. La escena que vio al abrir la puerta, quedaría grabada para siempre en su memoria: una patrulla militar se había acantonado en la Plaza de Armas, los soldados obligaban a los japoneses del pueblo a subir al camión militar, algunos se resistían, pero eran arrastrados por la fuerza, ante los llantos de sus familiares.
Antes que el soldado preguntara por mi abuelo, una voz salió del fondo de la casa: ¡momento, ya salgo, que me estoy lavando la cara!
Mi abuelo había estado preparando sus maletas en secreto, desde que leyó la nota que vino envuelta en la piedra.
Antes de que lo subieran al camión, mi abuela rogó al capitán para que lo dejaran libre, pero el capitán no hacia caso, en eso, apareció el soldado Sánchez. El soldado trató de convencer al capitán; hablaban muy rápido, tan rápido que tal vez mi abuelo no fue capaz de entender. Repentinamente, Sánchez se volvió contra mi abuelo, y le dijo: dígale a mi capitán quien va a ganar la guerra.
Nunca se supo si mi abuelo no entendió bien que Sánchez quería ayudarlo, pero por alguna razón respondió NIPPON.
La suerte estaba echada, el capitán explicó a mi abuela que había recibido informaciones que señalaban a mi abuelo como incitador y espía, por lo que debía ser sometido a juicio en Lima. En dos o tres semanas estaría de vuelta.
Mi abuela sólo comprendió la realidad cuando el camión, que estaba con dirección al sur, después de avanzar unos metros en esa dirección, dio una vuelta repentina, tomando el camino contrario hacia el puerto de Salaverri. En medio de los llantos, se escuchó una voz: “Los deportan a Estados Unidos, que Dios los ampare”...
45 años después, mi encuentro con la radio fue una experiencia casi mágica. Lo que más me impresionó, además de su extraña apariencia, fue la indescifrable secuencia de símbolos que tenía grabados en la parte trasera. Es japonés, dijo mi abuela.
Años después, yo emigré a Japón. Después de muchas indagaciones, logré contactar a la familia, mi abuelo ya había fallecido, pero su primo, Tadahiko, aceptó recibirnos.
Fui con mi primo Christian, hicimos un largo viaje, desde Shiga Ken, hasta un remoto pueblo llamado Shin Machi, en Miyagi Ken.
Nos recibieron con alegría, aunque con desconfianza. Habían recibido noticias de mi abuela y de sus hijos, por un Japonés que logró entrar a Perú desde Brasil, atravesando el Amazonas.
Después de hacernos muchas preguntas, incluida la del nombre del amigo que traicionó a mi abuelo, quedaron convencidos de nuestras identidades.
Tadahiko nos contó que el abuelo regresó de los Estados Unidos, gracias a un intercambio de prisioneros, pero nunca fue el mismo, el dolor lo consumía poco a poco, pasaba los días frente a las costas de Matsushima, con la mirada fija en el mar.
Su única alegría era comer unos dulces desconocidos en aquel entonces y que él llamaba chocolates, y fumar unos extraños cigarrillos que él mismo armaba.
Su familia, al verlo así, le propuso muchas veces casarse nuevamente, pero él siempre se negó.
Después de pasar casi tres años en Japón, trabajando y estudiando, regresé a Perú. Mi abuela ya había fallecido y mi madre había heredado la radio.
Sentí curiosidad por saber lo que estaba escrito detrás de la radio.
No fue necesario leerlo hasta el final; era el Kimi ga yo (Himno Nacional Japonés). Recordé las palabras de mi abuela: “tu abuelo perdió todo por el imperio”. Sentí rabia, Quise gritar que mil imperios no valen más que una familia. Pero no quise que mi madre me viera llorar y salí corriendo a la calle.
Afuera, una menuda lluvia empezaba a caer. En mi cabeza aún resonaba la letra del Kimi ga yo:
“Que sea el imperio por generaciones;
más que mil, ocho mil,
hasta que las piedras se vuelvan roca,
hasta que germine en ellas el musgo ...”
Autor: Luis Chiba*
Nota: Muchos pasajes de este cuento son producto de la imaginación de su autor. Algunos nombres y lugares son ficticios.
